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Garrote vil para la envenenadora

jueves 05 de diciembre de 2013, 23:49h

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Impactante portada de El Caso, cuyo número íntegro reproducimos, perteneciente a la colección del fundador del semanario, Eugenio Suárez, tras pasar el pertinente control de la censura del Ministerio de Información y Turismo.
Garrote vil para la envenenadora
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«¡Soy muy joven!, ¡no quiero que me maten!», clamaba desesperada momentos antes de que el verdugo iniciara su protocolo letal de girar la palanca del garrote vil.

La ejecución alcanzó tintes esperpénticos. El sayón, Antonio López Sierra, “el Corujo”, en el último momento no se decidía a quebrar el cuello de la condenada. Los gritos desgarradores que profería llegaron a producirle mareos. Tuvieron que emborracharlo, algo habitual en tales ocasiones, para que cumpliera su cometido.

Vuelta y media de manivela fue suficiente. La cabeza de la convicta se dobló inerte. Trágica escena llevada al cine y a la serie “La huella del crimen” por Luis García Berlanga y Pedro Costa respectivamente. Un caso para la historia. La última mujer a la que se aplicó la pena de muerte en España: 19 de mayo de 1959.

Pilar Prades Santamaría, de 31 años, había cometido un asesinato y dos intentos de homicidio. Envenenaba a las señoras de las casas en las que entraba a trabajar como sirvienta. Buscaba acercarse al cabeza de familia para contraer matrimonio o, al menos, administrar sus bienes. Pero uno de ellos era médico militar y descubrió que estaba emponzoñando a su conyuge. Aunque la policía halló entre sus pertenencias un frasco de matahormigas con base de arsénico, siempre se declaró inocente.

Sucede que los hombres matan más, pero las mujeres lo hacen mejor. Generalmente, nada de violencia. Cuando una fémina decide asesinar, la cocina se convierte en su armería: un auténtico laboratorio para la alquimia de los venenos. En sus alacenas esconden ponzoñas que acabarán inexorablemente con la vida de sus semejantes.

La famosa reportera de “El Caso” Margarita Landi, experta conocedora de intoxicaciones letales, razonaba que «las damas matan de otra manera, siempre con alevosía». Advertía del riesgo de la sopita caliente o el vaso de leche antes de ir a la cama. Y sacaba a relucir su humor negro cuando exponía que «es verdad que muchos hombres fallecen de muerte natural, porque es natural que se mueran después de los bebedizos que les dan». Por ello solía recomendar, a quién se llevara mal con su esposa, que lo mejor era irse a echar la siesta al casino.

Ha habido numerosas expertas en caldos y tisanas, debidamente aderezadas con algún tipo de tósigo, que han acabado con la vida de numerosos infelices. Muchas más de lo que la gente cree. Las famosas “viudas negras”.

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