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El Caso 1

Pagó por el otro

Relato policíaco, por William Irish

Un periódico de dos céntimos
Pagó por el otro
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A las doce menos cuarto de aquella noche, lo mismo que había hecho las otras noches anteriores, Gary Severn descolgó su sombrero de la percha más cercana a la puerta, se volvió, y le dijo a su encantadora y frágil mujercita:

-Me parece que voy a llegarme un momento hasta la esquina para comprar el periódico.

-Muy bien, querido -asintió ella, repitiendo también lo mismo que había dicho las otras noches.

Gary abrió la puerta de la calle, pero después se detuvo en el umbral con un gesto indeciso.

-Estoy algo cansado –exclamó, mientras reprimía difícilmente un bostezo-. Casi lo mejor sería dejarlo; no me voy a morir por pasarme una noche sin el periódico. Por otra parte, siempre me duermo sin terminar de leer la primera página.

-Si te sientes cansado, no te preocupes, querido –exclamó ella-. ¿Para qué vas a salir? Al fin y al cabo no es tan importante.

-No, no lo es –admitió él mientras se disponía a cerrar de nuevo la puerta. Después se encogió de hombros y prosiguió-. Saldré, ya que tengo el sombrero puesto. Vuelvo en seguida.

Y cerró la puerta desde fuera.

¿Quién sabe lo que es importante y lo que no es importante? Una pausa en la misma puerta, un bostezo, un periódico de la noche que vale dos céntimos de dólar, y que de todas formas no habría terminado de leer antes de dormirse…

Salió a la calle. Se trataba, simplemente, de un hombre que iba hasta la esquina a comprar un periódico, para regresar en seguida. Era el día número 181 del año, y las 180 noches anteriores a aquella había salido a la misma hora, con idéntico propósito. Tan sólo una noche –una noche en que había nevado- se había quedado en casa. 179 noches.

Anduvo hasta la esquina, torció y siguió caminando una manzana más, hasta el quiosco. Era un simple quiosco de madera, repleto de periódicos.

Algunos diarios de la noche habían salido ya, pero el suyo habitual aún no. Siempre venía el último.

El hombre que atendía el puesto lo conocía por su periódico favorito, aunque ignoraba su nombre y todo lo que le atañía.

-No ha llegado aún –le dijo-. Vendrá de un momento a otro.

¿Por qué un hombre, cuando ha leído durante determinado espacio de tiempo el mismo periódico, se resiste a comprar otro, aunque ambos traigan las mismas noticias?

Gary Severn exclamó:

-Daré una vuelta a la manzana. Probablemente ya estará aquí cuando vuelva.

Los camiones dedicados a distribuir el periódico abandonaban la imprenta, que estaba situada en la parte baja de la ciudad, a las once y media; pero nunca llegaban a aquel quiosco, tan lejano, antes de las 12.

En esa circunstancia influían varias causas, como, por ejemplo, las luces que regulaban el tráfico. A veces llegaban con cierto retraso, como aquella noche.

Subió por la otra calle, la que estaba detrás de la suya; volvió a la esquina y se encontró nuevamente en la calle en que vivía. Llevaba una mano en el bolsillo y con otra mano llevaba el compás de una cancioncilla que iba silbando desafinadamente. Silbó otra cancioncilla, aún más desafinadamente. Luego dejó de silbar. Todo aquello no había sido más que la expresión del absoluto vacío de su mente. Sus pensamientos, poco más o menos, se deslizaban así;

-Magnífica noche. ¿Qué estrella será aquella, la que parece que va a caerse de un momento a otro? Nunca me preocupé demasiado de las estrellas. Esa animadora, la Colonna, estuvo muy graciosa esta noche por la radio. En realidad, estoy muerto de sueño.

Ahora, había llegado a la puerta de su propia casa, por el lado contrario. Acortó el paso, vaciló y estuvo a punto de entrar y mandar al diablo el periódico. Después siguió, a pesar de todo.

-Solamente será un minuto. Ida y vuelta.

El camión acababa de llegar. Al volver nuevamente la esquina vio cómo arrojaban al suelo un gran montón de periódicos. Cuando llegó al quiosco ya el encargado había arrastrado el montón hasta la acera, había desatado las cuerdas y distribuido los periódicos sobre el mostrador, preparados para la venta. Se acercaron otros clientes que habían estado esperando en las proximidades. El vendedor se daba toda la prisa que podía con los diarios y el cambio.

Gary Severn se abrió paso difícilmente entre los clientes, extendió la mano para coger un ejemplar del montón y se encontró con que alguien lo había cogido al mismo tiempo que él. El pequeño tirón, en dos direcciones opuestas, hizo que sus miradas se encontrasen. Probablemente no se habrían visto si no hubiera sido por eso.

Amablemente, dijo Gary:

-Cójalo, cójalo usted.

Y le cedió aquel ejemplar, tomando, en cambio, el siguiente.

«Debe creer que me conoce», pensó distraídamente. La mirada del otro se había fijado sobre él por segunda vez. No le prestó más atención. Entregó una moneda al vendedor, recibió la vuelta, y se alejó leyendo los titulares con la ayuda, bien escasa por cierto, de las luces de los escaparates próximos.

Mientras se alejaba tenía una vaga sensación de otros pasos que iban por el mismo camino. Gentes que acababan de comprar periódicos, lo mismo que él, y que se marchaban en la misma dirección. Todos, menos un par de ellos, se fueron extinguiendo a lo largo de la avenida y se desvanecieron. Un par de pasos dobló la esquina, lo mismo que los suyos, pero no les prestó mayor atención.

Ya no podía leer. Las luces habían quedado atrás. El papel se volvía azulado y borroso. Lo dobló y dejó su lectura para cuando estuviera dentro.

Los otros pasos seguían oyéndose aún a pocos metros de distancia. No miró hacia atrás. ¿Por qué había de hacerlo? Las calles eran para todo el mundo. Había otras personas que vivían en aquella manzana, lo mismo que él. Los pasos que le seguían no tenían la menor relación con él.

Llegó a su propia puerta. Se volvió de lado y empezó a buscar su llave. Naturalmente, los otros pasos seguían de largo. No es que les hubiera estado prestando atención, pero sus oídos habían registrado inconscientemente aquella coincidencia. Había abierto ya la puerta de la calle y había introducido un pie. Los pasos habían llegado junto a él.

Una mano se apoyó en su hombro.

-Un momento.

Se volvió. Era el hombre que había comprado el periódico, el que había cogido el mismo ejemplar que él. ¿Es que iba a provocar una riña por una cosa tan insignificante?...

-Su documentación.

-¿Por qué?

-He dicho que me enseñe su documentación.

Con su mano libre hizo un movimiento demasiado rápido para que Gary Severn captara su significado. Enseñó una especie de chapa de metal.

-¿Para qué es eso?

-Esto es para que me enseñe su documentación.

-Soy Gary Severn. Vivo aquí.

-Muy bien. Tendrá que acompañarme.

La mano que estaba apoyada en su hombro descendió a la altura del brazo, apretándolo.

Severn contestó tranquilamente:

-No; no le acompañaré si no me dice lo que quiere de mí. Usted no puede venir así como así a la puerta de mi casa y…

-No querrá resistirse a una detención, ¿verdad? –dijo el otro-. Yo, en su lugar, no lo haría.

-¿Detención? –repitió Severn, asombrado-. ¿Detención? ¿Por qué?

El otro soltó una risita, sin que sus apretados labios se curvaran para acompañar el sonido.

-Quiere usted que se lo diga, ¿verdad? Le detengo por asesinato. Por un asesinato de la peor especie. Asesinato de un agente de Policía. Realizado durante una tentativa de robo en Farragut Street. ¿Recuerda ahora?

Detenido por asesinato.

Se lo repitió a sí mismo. Ni siquiera sentía miedo. No tenía para él ningún significado. Era lo mismo que ser confundido con Al Capone o verse envuelto en alguna extravagante conjura. Lo cierto era que probablemente no se podría acostar hasta la madrugada, y que eso le haría llegar tarde a la oficina. Precisamente esa noche, cuando estaba tan cansado…

Todo lo que pudo decir fue:

-¿Puedo entrar antes y dejar el periódico? Mi mujer está esperándome, y desearía decirle que no volveré hasta dentro de media hora o más.

-Desde luego; yo entraré con usted mientras le dice eso a su esposa y deja el periódico.

Una vida que termina; y la frase con que termina es: «¿Puedo entrar antes y dejar el periódico?».

(Continuará)

-¡Crímenes, robos, vigilancias!... Deberías estar en casa todo el día con los niños y sabrías lo que es bueno.
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-¡Crímenes, robos, vigilancias!... Deberías estar en casa todo el día con los niños y sabrías lo que es bueno.
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